Perú imposible

Por Joan Guimaray 

La ‘nescienciacracia’ ha terminado por desplazar la democracia. La democracia ha terminado desplazada por la ‘nescienciacracia’. La atmosfera de la política se ha nublado. El ambiente de la competencia electoral se ha oscurecido. Y, a la sombra de esa coyuntura propiciada por la mayoría de los aventureros que vienen de las entrañas del cretinismo, ha vuelto a rondarnos la aterradora arpía de inmundas garras.

Pero, todo esto, no es sino, el crudo resultado de nuestras propias negligencias, omisiones y descuidos. Ya que, en las tres últimas décadas, nos olvidamos de construir la ciudadanía en su elevado significado atributivo y funcional. Es decir, dejamos de formar, la ciudadanía entendida como cualidad, aquella que es construida mediante el pleno, constante e intenso ejercicio de deberes, de derechos, de normas y de valores. Y, asimismo, redujimos a nuestras universidades únicamente en centros de reclutamiento instruccional, comercial, mercantil y utilitarios, suprimiendo su esencia creadora de ideas y productora de pensamientos. Consecuentemente, no tenemos líderes con ideas claras, carecemos de políticos con lúcidas nociones de país, padecemos de una clase dirigente con perspectiva de desarrollo a largo plazo, y en abundancia, sólo hemos generado semiciudadanos para la postergación, quasi ciudadanos para el atraso, y gentíos sin nociones de ciudadanía para perpetuar los vicios de siempre.
Pero, nuestros mirmidones candidatos presidenciales de derechas e izquierdas, no se dan cuenta de las causas de nuestros endémicos males, ni advierten la raíz de nuestros hediondos vicios, tampoco perciben el origen de nuestros peores defectos. Pues, para ellos, que ven al Estado tan sólo como un botín y que por tanto no han tenido ni el más mínimo interés de pensar con un poco de seriedad y algo de rigor sobre el país, la solución de todos los problemas se reduce únicamente al asunto presupuestal. Por eso, están allí, sin talla de estadistas, balbuceando poquedades, farfullando simplezas, y regurgitando desaciertos sobre un Estado colapsado, donde la política ya sólo es un negocio, la ciudadanía es inexistente y la educación ha sido usurpada por la instrucción.
Es decir, si antes la política se hacía partiendo de la abundancia de ideas y de intensidad de convicciones, y que, por tanto, había que ser militante o simpatizante de un partido hasta el desgarramiento. Pues ahora, ya sólo es un simple negocio. Pues, desde que los idiotas o los pícaros decidieron que el Estado financiara a las organizaciones políticas, se terminó por mercantilizar el noble ejercicio de la política. Por eso ahora, los trúhanes, lagartos y bribones, son candidatos de un ‘partido’ en una contienda electoral, y de otro ‘partido’, en otra elección. También por eso, abundan los impresentables tránsfugas y se multiplican los iletrados oportunistas, puesto que, si antes a través de la política se aspiraba a hacer realidad los ideales de país, ahora, a través de ella, no se busca sino, negocios personales, intereses individuales y notoriedades propias.
Lo mismo sucede con la educación. Desde que los nescientes decidieron que la educación debía de ser entretenida, divertida y agradable, la escuela prescindió de su tarea formadora, renunció a su labor disciplinadora y descartó su misión orientadora, por tanto, eliminó su obligación educadora para convertirse única y estrictamente, en una mediana institución instructora. Pero, esos mismos cretinos que jamás pensaron que la educación por no ser natural no provenía del gusto sino del disgusto, del esfuerzo y del desgarramiento, ahora siguen hablando de mejorar la ‘educación’, cuando lo que existe en todos los niveles y modalidades, es únicamente instrucción, aquella que no forma ciudadanos, ni construye ciudadanía, mucho menos despierta la dormida conciencia para respetar al prójimo, cumplir con los deberes y pensar en la patria.
Desde luego, los candidatos de hoy, no son sino, restos de un Estado colapsado, representantes de una aletargada cuasi ciudadanía, e indiscutibles ejemplos de aquellos que no entienden su capacidad despertadora ni su atributo aguzador de una verdadera educación. Por eso, los de la derecha siguen paporreando sus ideas avejentadas y sin ninguna intención de cambio. Los del centro, continúan aferrados al maquillaje de los defectos mediante algunas reformas, pero sin variaciones constitucionales. Y, los de la izquierda, no tienen otra idea que pensar en la caja fiscal y en una nueva constitución.
De modo que, como es evidente, con las trilladas propuestas de los partidos de la derecha, ni con las timoratas y superficiales promesas de los del centro, se puede cambiar ni mejorar nada. Pues, este país dolorosamente nuestro, está quebrado más moralmente que económicamente. Y, aunque es redundante decirlo, la educación que se ocupaba de formar la ciudadanía dejó de existir hace muchos años, razón por la cual, no tenemos ciudadanía, sino, cuasi ciudadanía que no entiende de asuntos de Estado ni de país, mucho menos de la patria. Por eso, todas las instituciones y absolutamente todas, están corroídas, viciadas e infectadas. Por tanto, la solución de los males que padecemos, pasa inexorablemente por la construcción de la ciudadanía en su significado de cualidad y la refundación del país.
Pero esta difícil tarea, no está en la agenda de los derechistas de López Aliaga, de De Soto, ni de Forsyth. Tampoco está en la propuesta del centrista Lescano, ni se halla entre las ofertas de los izquierdistas, y mucho menos aparece en los programas de los demás candidatos menores. Aunque claro está, la formación de la ciudadanía y la refundación de país, pudo haber sido el proyecto de la izquierda, si sus líderes y militantes, en lugar de acrecentar sus egos, manifestar sus mezquindades y disputarse los lideratos, se hubieran dedicado a crear ideas cavilando con agudeza sobre el país. Entonces, no estarían divididos y haciendo el ridículo, pensando únicamente en la caja fiscal y en una nueva constitución, cuando el origen y la raíz de los males del país, ya no están simplemente en el modelo económico y el asunto constitucional.
Aunque es verdad, que la izquierda siempre fue así, con la excepción de los primeros años de la década del ochenta. Así que, no nos extrañe a quienes sabemos su historia, y que los jóvenes militantes y simpatizantes de la actual izquierda, sepan que hasta el cleptómano japonés que enmugró el país, llegó al Palacio por la división de la izquierda de entonces. La única diferencia está en que cada líder de esas izquierdas, tenían su propio partido, hasta los llamados no partidarizados estaban organizados. Por eso, generan dudas sus propuestas y originan desconfianza sus discursos de doña Verónika Mendoza. Pues, siendo ella una de las más representativas lideresas de la izquierda actual, en cinco largos años no haya podido ni siquiera fundar y consolidar su propio partido. Entonces, cómo creer en su capacidad, confiar en su eficiencia y tener fe en su tenacidad, si no ha dado ninguna señal que garantice de que ella viene de pensar seriamente sobre el país, y más aún, cuando cree obstinadamente en que la solución de todos los problemas está simplemente en una nueva constitución, sin tomar en cuenta la constitución del setentainueve, aquella que a pesar de haber sido la mejor que tuvo el país, no sirvió de mucho. Pues, en dos períodos de gobierno, la situación nacional fue de mal en peor.
Pero, se entienda que no es una defensa a la Constitución fujimorista, sino, una simple recordación y referencia de la historia. Puesto que además, no cabe duda de que los problemas del país sólo se resolverán con la ciudadanía y la refundación de la República. En ese camino, la izquierda que nunca ha sido gobierno, será siempre para muchos, una esperanza como antes y como siempre. Pero, no será esa izquierda que admira a Maduro y que celebra sus balandronadas. Ni será esa otra que es improvisada, inorgánica, sin programa, carente de ideas y de agendas minúsculas, sino, aquella, nacida de la convicción, nutrida de principios y surgida de la lucidez.
Mientras tanto, en estas elecciones amenazadas por la peste, da igual, que gane cualquiera de los aspirantes, pues al final, el quien logre llegar al Palacio, podrá hacer muy poco o nada por cambiar o mejorar la situación del país. Ya que, aunque duele decirlo y hiere pronunciarlo, por ahora, el Perú es imposible.

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